Prof. Enrique Javier Díez Gutiérrez
Universidad de León • España
Decía el célebre periodista y escritor polaco Ryszard Kapuściński que las guerras comienzan mucho antes de que se oiga el primer disparo y caiga la primera bomba. Empiezan con un cambio de vocabulario en los medios, con una nueva narrativa en las pantallas, con silencios institucionales sobre la barbarie, con la selección interesada de las víctimas que mere-cen duelo y de aquellas cuya muerte se vuelve estadística. Empiezan cuando una sociedad aprende a mirar seres humanos asesinados y torturados sin indignarse. Cuando la destrucción
sistemática de pueblos enteros se convierte en paisaje cotidiano. Cuando el horror deja de ser intolerable y pasa a administrarse como información de consumo rápido entre anuncios,bdeportes y entretenimiento. A eso podríamos llamarlo “pedagogía del genocidio”.
El genocidio al que estamos asistiendo impunemente en Palestina y en el Líbano es una gigantesca operación cultural, política y mediática destinada a producir consentimiento, resignación y obediencia moral ante la barbarie. Ningún genocidio puede sostenerse únicamente con la fuerza de las armas. Necesita relatos, marcos interpretativos, legitimaciones retóricas y dispositivos “educativos” capaces de fabricar indiferencia social y consentimiento político. Necesita enseñar a las poblaciones que hay vidas sacrificables y muertes inevitables.
La economía de guerra contemporánea no funciona solo en los campos de batalla. Penetra en las redes sociales, en las escuelas, en los medios de comunicación, en las universidades, en las películas y series y en la industria cultural. El capitalismo militarizado necesita sociedades emocionalmente adaptadas a la violencia permanente. Necesita ciudadanía acostumbrada a convivir con la devastación retransmitida y con la idea de que la seguridad justifica cualquier excepción moral. El genocidio requiere una “pedagogía” previa: la pedagogía de lab deshumanización.
Por eso se repiten hasta el cansancio expresiones como “operación quirúrgica”, “daños colaterales”, “objetivos estratégicos”, “escudos humanos” o “respuesta proporcional”. El lenguaje
técnico opera como anestesia ética. Las palabras dejan de nombrar personas y vidas concretas y comienzan a gestionar volúmenes de destrucción aceptable. Miles de niños y niñas asesinados pasan a convertirse en cifras operativas. Hospitales bombardeados se transforman en “infraestructuras sospechosas”. El vocabulario militar sustituye al vocabulario humano.
Esta “pedagogía del genocidio” actúa también mediante la saturación. Las imágenes de cuerpos mutilados, ciudades arrasadas y familias enterradas bajo escombros aparecen diariamente hasta producir fatiga moral. La sobreexposición no genera necesariamente conciencia; muchas veces genera inmunización. El sufrimiento repetido termina consumiéndose como espectáculo. La tragedia deja de interpelar políticamente y pasa a integrarse en la rutina informativa global.
Al mismo tiempo, se criminaliza toda resistencia y toda solidaridad. Quien denuncia el genocidio es acusado de extremismo, radicalismo o antisemitismo. Las universidades reprimen protestas estudiantiles. Gobiernos europeos persiguen manifestaciones. Intelectuales y periodistas son señalados por cuestionar la narrativa oficial. La censura no siempre adopta formas explícitas; a menudo funciona mediante el miedo, la precariedad laboral y la exclusión simbólica. El mensaje es evidente: protestar contra la barbarie tiene consecuencias. La relatora de la ONU, Francesca Albanese, que ha denunciado el apartheid y el genocidio en los territorios palestinos, lo ha vivido en primera persona.
En este contexto, la escuela desempeña un papel decisivo. Durante décadas se nos habló de educación para la paz, ciudadanía democrática y derechos humanos. Sin embargo, las grandes potencias que financian programas educativos sobre convivencia son las mismas que venden armas, sostienen ocupaciones militares y legitiman masacres. Existe una profunda hipocresía estructural en un sistema que enseña derechos humanos mientras normaliza el exterminio de poblaciones enteras cuando los intereses geopolíticos y económicos así lo exigen.
La militarización cultural avanza además mediante la industria audiovisual y digital. Videojuegos, series, películas y plataformas informativas convierten la guerra en entretenimiento interactivo. La figura del soldado hipertecnológico aparece como héroe moral mientras las víctimas civiles desaparecen del encuadre narrativo. Los drones, los misiles inteligentes y la vigilancia masiva son presentados como avances técnicos necesarios, ocultando que detrás de esa sofisticación tecnológica existe una maquinaria global de muerte y control. El sistema de Inteligencia Artificial (IA) Lavender, diseñado por el régimen israelí, ejecuta un genocidio automatizado de forma sistemática en Palestina.
La economía de guerra constituye actualmente uno de los grandes motores del capitalismo contemporáneo. Las industrias armamentísticas obtienen beneficios extraordinarios mientras los gobiernos incrementan presupuestos militares recortando derechos sociales. La guerra deja asíde ser excepción y se convierte en modelo económico permanente. El miedo funciona como recurso político rentable: miedo al enemigo externo, al terrorismo, al migrante, al diferente. Una sociedad asustada acepta conmayor facilidad la vigilancia, la represión y la violencia estatal.
Palestina se ha convertido en un laboratorio extremo de esta lógica. Allí se ensayan tecnologías militares, sistemas de vigilancia y métodos de control poblacional que posteriormente
se exportan al resto del mundo, como “probadas en el terreno”. El genocidio no solo destruye vidas palestinas; también produce conocimiento militar para el control y la muerte, rentabilidad económica y legitimación ideológica para nuevas formas globales de autoritarismo.
Pero toda pedagogía del genocidio necesita destruir previamente la memoria ética. Necesita que olvidemos que ninguna vida vale más que otra. Necesita erosionar la capacidad de empatía y solidaridad internacional. Necesita convencernos de que la violencia es inevitable y de que la historia siempre pertenece a los vencedores armados.
Frente a ello, resulta urgente construir una pedagogía radicalmente opuesta: una pedagogía de la vida, la dignidad humana, de la memoria crítica y de la desobediencia ética. Educar no puede significar adaptación resignada al horror. Educar implica desarrollar conciencia y memoria histórica, capacidad crítica y compromiso activo frente a la injusticia. Significa enseñar a identificar las estructuras económicas, mediáticas y políticas que convierten el exterminio en normalidad administrativa.
Porque el mayor triunfo de la barbarie no consiste solo en destruir cuerpos, ciudades o pueblos enteros. Su victoria más profunda ocurre cuando logra que las sociedades contemplen el genocidio sin rebelarse. Cuando la muerte masiva deja de producir escándalo moral. Cuando la humanidad aprende a convivir pacíficamente con lo intolerable.
Y precisamente ahí comienza la derrota de toda civilización democrática.










